Reportaje: Las mujeres del punk británico que dieron paso al movimiento Riot Grrrl

24/04/2016 Desactivado Por Eme.Sal

Crecí en un ruinoso pueblo minero de la Inglaterra de los 90 pensando que muchas cosas en la vida eran una mierda. Pasé toda mi adolescencia viendo el recorrido cíclico que hacían mis vecinos, del salón de su casa al pub y de regreso, con una parada en el salón recreativo, por supuesto. Aparte de eso, casi no pasaba nada. La tasa de desempleo era alta y las ambiciones eran pocas. El embarazo era lo único que interrumpía el ciclo pero, a fin de cuentas, es otro ciclo más. Todo era aburrido, frustrante e irremediable. Pero cuando escuché por primera vez «Oh Bondage, Up Yours!» de X-Ray Spex, supe que era la explosión de energía y resentimiento que tanto había esperado.

Hoy en día, «Oh Bondage, Up Yours!» se considera un hito insuperable. Es lo más cerca que vamos a estar de encapsular la esencia del punk británico. X-Ray Spex es una mezcla entre la crítica a la servidumbre capitalista y un grito de batalla feminista, es un llamado de liberación que escribió Styrene después de ver a dos mujeres esposadas en un concierto de los Sex Pistols. En una entrevista le preguntaron qué significaba la canción y explicó que el bondage es una forma de decir que «de todas formas todos estamos atados, por eso no me molesta mostrarle al mundo lo que soy». Fue la primera canción punk que me marcó.

Ya había oído hablar de los Ramones y de los Sex Pistols, era imposible no hacerlo, el problema es que no me sentía identificada. Si quisiera ver chicos escupiendo y soltando tacos solo tenía que salir a la calle y esperar en la parada de autobús. Pero X-Ray Spex eran otra historia. ¿Quién era esa chica que cantaba sobre cigarrillos y apatía con una voz que sonaba como una trompeta de juguete (sin ofender)? Poly Styrene fue de las primeras artistas que llegué a considerar «reales» porque era transgresora y tímida al mismo tiempo, vaga y ambiciosa, y como dice su alias punk, contraria a la falta de autenticidad pero obsesionada con ella al mismo tiempo.

Nunca había visto a alguien que cantara y se comportara como ella, ni que tuviera un aspecto parecido. De hecho, nunca había visto a una chica punk, pero Poly Styrene y X-Ray Spex me abrieron las puertas a un mundo de mujeres inspiradoras como The Slits, Siouxsie and the Banshees, The Raincoats, The Adverts y The Pretenders que proporcionaron una vía de escape a las frustraciones típicas de una chica adolescente que vivía en una Inglaterra que consideraba deficiente.

Confieso que descubrí a este grupo por un amigo en cuya foto de perfil de Myspace llevaba puesta una camiseta de X-Ray Spex. A veces internet es muy útil. Lo malo es que me dio acceso infinito a toda la música, lo equivalente a darle a un gordito las llaves de una pastelería y decirle: «No toques nada, ¿vale?». No pude evitarlo. Le di un repaso a todo el catálogo punk, descarté todo lo que no me gustó y llené un mp3 con las 500 canciones que más me gustaron. Pronto llegué a la década de los 90 y a grupos como Bikini Kill, Bratmobile, Babes In Toyland, L7 y el resto de las bandas que más tarde se conocería como el movimiento de las riot grrrl.

Su estilo me fascinó. Se vestían como yo quería vestirme, sus fanzines trataban el sexismo con un lenguaje común cuando antes ese tema era territorio exclusivo de los intelectuales, y sustituyeron los ritmos inspirados en el ska y el reggae que influenciaron el punk de la década de los 70 con elementos del grunge, un género que, bajo mi punto de vista, era la mejor música del mundo. Pero lo más importante fue que le dieron al punk el aire de feminismo que tanto necesitaba.

Se podría decir que fue la respuesta de la generación X al movimiento sufragista. Las bandas de riot grrrls recibieron todo mi apoyo y se convirtieron en mi inspiración. Y claro, después de ellas hubo muchas otras porque cada vez que una nueva generación de mujeres forma una banda de punk o hace algo creativo que combina música y moda, el movimiento de las riot grrrls siempre está presente como un factor de gran influencia.

Quizá es porque la década de los 90 se considera la última época cool con la que se puede identificar la generación de los millennials y porque es la última que puede idealizar la cultura pop. Hace unos años salieron dos documentales excelentes llamados The Punk Singer: A Film About Kathleen Hanna y Girls To The Front: The True Story of the Riot Grrrl Revolution, de Sarah Marcus. En todo el mundo se celebraron festivales y acontecimientos artísticos que celebraban la relación y la influencia de riot grrrls en el feminismo. Incluso la ciudad de Boston declaró el 9 abril como el «Día Oficial de Riot Grrrl» en honor a Kathleen Hannah.

Idealizamos el movimiento de las riot grrrls porque ahora ya es posible contextualizar y apreciar con objetividad esa época. En general es algo bueno (excepto porque todos los críticos de música clasifican como «banda riot grrrl» a todas las bandas con chicas que tocan instrumentos). Si naciste después de 1989, seguro que creciste con lo que llamo «Generación Jackass» —una cultura caracterizada por la saga de American Pie, los chistes de madres y una escena punk con predominancia de tíos que se gastaban bromas pesadas entre ellos—. Fue una época con muy pocas mujeres. Es lógico que hoy en día bandas como Perfect Pussy tengan tanto éxito y que Rookie (una revista en internet hecha por y para chicas adolescentes) haya tenido más de un millón de visitas en los primeros seis días. Las mujeres, en especial las jóvenes, necesitan voces con las que identificarse y hoy la presencia de figuras femeninas importantes es inevitable. Me gustaría haber sido adolescente en 2015 para poder borrar los años que desperdicié escuchando a Blink 182 y preguntándome por qué no encajaba.

Sin embargo, el año pasado se publicó un libro que cambió mi vida: Clothes Clothes Clothes, Music Music Music, Boys Boys Boys , la autobiografía de Viv Albertine de The Slits. Lo compré porque recuerdo haber escuchado a The Slits cuando empezaba a adentrarme en el mundo del punk. Hacía mucho que no escuchaba a este grupo y confieso que cuando lo hice, fue de una forma muy superficial —a los 13 años de edad buscaba el sonido, no el significado—. Igual que cantaba a coro la canción «Butterfly» de Crazy Town sin pensar en lo que decía, cantaba «Typical Girls» sin prestarle toda la atención que merecía.

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Devoré Clothes Clothes Clothes, Music Music Music, Boys Boys Boys en cuestión de días y me di cuenta de que me identificaba aún más con Viv Albertine, por su música y como persona. A pesar de que fue en épocas distintas, también creció en el mismo entorno que yo: triste, sin futuro y lleno de problemas típicos que siguen existiendo hoy en día en Inglaterra. El movimiento riot grrrl tenía sentido porque hablaba sin rodeos sobre el feminismo moderno pero aún así era un movimiento sumamente estadunidense. No me identificaba con los problemas ni con los antecedentes. Por otro lado, el libro de Albertine era una mezcla perfecta entre mi interés en la música punk y el diálogo feminista con una personalidad tímida, nerviosa y llena de defectos, y pude identificarme porque lo escribió una mujer que vivió lo mismo que yo. No puedo describir el alivio que sentí y me fastidia no haber hecho esa conexión antes. La mayor parte de mi generación era demasiado joven cuando descubrió las bandas de punk de los años 70 como para apreciar algo más allá de la música —la cual, por cierto, sigue siendo tan relevante que hasta The Weeknd utilizó la canción «Happy House» de Siouxsie and the Banshees como sample para su primer mixtape, House of Balloons—.

Las riot grrrls no se avergonzaban de sus propósitos, gritaban su postura política y estaban decididas a cumplir sus metas. Es por eso que Bikini Kill, Sleater-Kinney y Bratmobile son las primeras bandas que mencionamos cuando hablamos de mujeres revolucionarias en la música. Sin embargo, el movimiento riot grrrl se dio casi 20 años después del punk británico. Por aquel entonces, los derechos de las mujeres habían mejorado (o algo así) y al menos en el ámbito cultural la gente ya estaba preparada para acoger al movimiento. El maltrato que sufrieron las integrantes más francas de la comunidad demostró que todavía había mucha gente que no estaba lista para el feminismo pero aún así logró unir a mujeres con la misma forma de pensar en esa época —y sigue haciéndolo—.

Por el contrario, The Slits y otras bandas parecidas se clasifican dentro de la escena punk británica de la década de los 70. De hecho, están tan sumergidas en ese grupo que se ahogan. Su música no era feminista, solo existía. No usaban el lema de «chicas al frente», simplemente iban y se ponían al frente. No explicaban el por qué de sus acciones, solo actuaban. Se alineaban con el resto de la escena punk británica porque era lo único que podían hacer en esa época. Albertine dijo en su autobiografía que «no conocía a ninguna chica que supiera conducir», por lo tanto, el hecho de que un grupo de mujeres tomaran una guitarra y se subieran al escenario en un mundo donde los hombres tenían el control (aún más) era completamente revolucionario. La industria no estaba lista para recibirlas. Nadie hablaba de feminismo en 1976, por lo que era imposible que los periodistas lo relacionaran con su música.

Los logros de cada movimiento son relevantes para la sociedad donde nacieron. La diferencia es que lo que tenía que afrontar Viv Albertine en la década de los 70 era mucho más difícil. Como dijo Viv en su libro, el punk acababa de nacer y era un terreno peligroso porque si eras hombre te arriesgabas a que te dieran una paliza en la calle por vestirte de cierta forma y si eras mujer te arriesgabas a cosas mucho peores. La industria estaba llena de hombres que trababan de hacerles la vida imposible o decirles qué hacer (más que en la actualidad). Las mujeres no tenían una guitarrista que fuera su modelo a seguir y las únicas personas en las que podían confiar eran los miembros de su banda. No había una escena que las apoyara; The Slits y X-Ray Spex estaban solas. De no ser porque Viv Albertine, Poly Styrene, Ari Up y Siouxsie Sioux llegaron y le plantaron cara a todo el mundo —usando la moda (y la desnudez) como herramienta política en contra de una sociedad que hacía lo posible para que las mujeres se quedaran en la cocina—, riot grrrl no habría podido nacer, o al menos no tan pronto.

Me preocupa que nuestro amor por la década de los 90 le reste importancia al legado de las mujeres más valientes y ruidosas del punk de la década de los 70. Por otro lado, el hecho de que estén al mismo nivel que las bandas más importantes de punk británico formadas por hombres es un testamento que demuestra su poder.

Extraido de Las mujeres del punk británico que dieron paso al movimiento Riot Grrrl